IV
EL DESAFIO DEL ENIGMA
Por medio del oráculo, Apolo impone al hombre la moderación, mientras él mismo es
inmoderado, lo exhorta al control de sí, mientras él se manifiesta a través de un “pathos”
incontrolado: con esto el dios desafía al hombre, lo provoca, lo instiga casi a desobedecerle.
Tal ambigüedad se imprime en la palabra del oráculo, hace de ella un enigma. La oscuridad
pavorosa del oráculo alude a la diferencia entre mundo humano y divino. Y por lo demás,
ya las Upanishads indias decían: “porque a los dioses les fusta el enigma, y a ellos les
que la tradición religiosa griega le atribuye a Apolo, a su acción hostil en los
enfrentamientos del mundo humano: el aspecto enigmático de la palabra de Apolo entra en
este cuadro. Para los griegos la formulación de un enigma conlleva una tremenda carga de
hostilidad. Un pasaje del Prometeo de Esquilo lo comprueba indirectamente: “te diré
nítidamente todo aquello que quieres saber, sin entretejer enigmas, pero con discurso
franco, como es justo devolver la palabra a los amigos.”
Por otra parte, el enigma tiene un gran relieve en la civilización arcaica de Grecia, sobre
todo en relación con los orígenes de la sabiduría; tiene una importancia autónoma que se
sale de la esfera estrictamente apolínea. Por cierto, el nexo entre adivinación y enigma es
originario, como parece mostrarlo la parte final del pasaje ya citado del Timeo, y como
viene confirmado por el Simposio platónico: “Aquellos que pasaron juntos toda la vida... no
sabrían siquiera lo que quieren obtener uno del otro. Nadie podrá creer que se trate del
contacto de los placeres amorosos... el alma de ambos quiere otra cosa que no es capaz de
expresar; de lo que quiere... ella tiene una adivinación, y habla por enigmas”.
Pero desde épocas antiquísimas el enigma tiende a destacarse de la adivinación. El ejemplo
más célebre lo proporciona el tenebroso mito tebano de la Esfinge. Aquí también el enigma
surge de la crueldad de un dios, de su malevolencia hacia los hombres. La tradición es
incierta, si ha sido Hera o Apolo, quien mandó a Tebas la Esfinge, monstruo híbrido que
simboliza el entrelazamiento de un animal feroz a la vida humana. La Esfinge impone a los
tebanos el desafío mortal del dios, formula el enigma sobre las tres edades del hombre. Solo
quien desenreda el enigma puede salvarse a sí mismo y salvar la ciudad: el conocimiento es
la instancia última, respecto a la que se da la lucha suprema del hombre. El arma decisiva
es la sabiduría. Y la lucha es mortal: quien no resuelve el enigma es devorado o destrozado
por la Esfinge, quien lo resuelve -solamente a Edipo le toca la victoria- hace precipitar a la
Esfinge al abismo. El testimonio más antiguo sobre este mito, que es al mismo tiempo el
pasaje más antiguo donde aparece la palabra “enigma”, es un fragmento de Píndaro: El
enigma que resuena desde las mandíbulas feroces de la virgen”. La conexión entre crueldad
y enigma la sugiere aquí inmediatamente el texto, y no hay necesidad de deducirla como en
el pasaje recordado del Prometeo.
Aún en la edad arcaica el enigma se presenta ulteriormente separado de la esfera divina de
la que proviene, y tiende a volverse objeto de una lucha humana por la sabiduría. La fuente
más antigua al respecto remonta al octavo o séptimo siglo a.C.; la volvemos a encontrar en
la obra del geógrafo Estrabón que después de haber hablado de Efeso y de Colofón se
refiere, acerca del santuario de Claros, a una pelea legendaria entre sabios. “Se narra que
Calcante, el adivino hijo de Anfiraos (junto con Antíloco) llega aquí a pie en su regreso de
Troya, y habiendo encontrado cerca de Claros un adivino superior a él, Mopsos hijo de
Manto (hija de Tiresias), muere de dolor. Hesíodo elabora el mito en el modo siguiente,
haciendo proponer por parte de Calcante a Mopsos esta pregunta: “‘Estoy estupefacto en mi
corazón por el gran número de frutos que carga aquella higuera silvestre, a pesar de ser tan
pequeña; ¿quieres decirme el número de los higos?’. Y Mopsos respondió: ‘Son diez mil en
número, su medida es un medimno, pero uno de estos higos sobra y no entra en la medida’.
Así dijo y fue reconocido como cierto el número de la medida, y entonces un sueño de
muerte cubrió a Calcante”. Estrabón cuenta después otras versiones del episodio, entre otras
la de Ferecide, un sabio del sexto siglo, con una formulación distinta del enigma, y recoge
el testimonio de Sófocles en una tragedia perdida, según el cual un oráculo había predicho a
Calcante que estaba destinado a morir cuando hubiera encontrado un adivino superior a él.
El hecho que sean dos adivinos que se miden por la sabiduría recuerda la matriz religiosa
del enigma, también en esta fase humana de este. Otro elemento sugiere tal perspectiva, o
sea el contraste entre la banalidad, en la forma y en el contenido, de estos enigmas, y lo
trágico de su desenlace. Análogamente, se advierte un contraste frente al enigma de la
Esfinge, por la transparencia de su resolución. Tales elementos irritantes de la tradición
ponen de manifiesto la intervención de un árbitro divino, la intrusión en la esfera humana
de algo perturbante, inexplicable, irracional, trágicamente absurdo.
La seriedad y la importancia del enigma en esta edad arcaica podrían recibir una
documentación amplia; en una época apenas más reciente, en el séptimo o sexto siglo a.C.,
se extiende la formulación contradictoria del enigma, y la cosa ocurre al humanizarse
completamente esta esfera. Así, se encuentran formulaciones de enigmas ya desde los
poemas homéricos y de Hesíodo, y después en la época de los Siete Sabios -donde la fama
de Cleóbulo y sobre todo de su hija Clobulina deriva precisamente de la recopilación de
enigmas- y en la poesía lírica, de Teógnides a Simónides.
Más tarde, en el quinto y en el cuarto siglo, todo esto va a atenuarse gradualmente. Después
de Heráclito, en cuyo pensamiento el enigma es algo central, los sabios se vuelven hacia lo
que resulta del enigma, más bien que al enigma mismo. A este, por lo contrario, entendido
como fondo religioso, se refieren a menudo la tragedia y la comedia. Todavía en Platón, se
encuentran huellas precisas, casi resonancias arcaicas, que nos permiten una reconstrucción
más amplia del fenómeno. Según un pasaje del Cármides, el enigma aparece cuando “el
objeto del pensamiento no está ciertamente expresado por el sonido de las palabras”. De ahí
viene presupuesta una condición mística, en la que una cierta experiencia resulta
inexpresable: en tal caso el enigma es la manifestación en la palabra de lo que es divino,
escondido, una interioridad indecible. La palabra es heterogénea con respecto a cuanto
entiende quien habla, por tanto es necesariamente oscura. Otro pasaje el Fedón relaciona el
enigma con la esfera mística y mistérica: “Es posible que aquellos que instituyeron para
nosotros los misterios no hayan sido hombres incapaces, sino que realmente se hayan
expresado desde mucho antes por enigmas, indicando que quien esté privado de iniciación
y no haya participado en los misterios, cuando alcanzará el Hades, yacerá en el fango,
mientras que el que se haya purificado y haya sido iniciado a los misterios, llegado allí
abajo, vivirá como los dioses. De hecho, como dicen aquellos que han establecido los
misterios, ‘los que llevan el tirso son muchos, pero pocos los poseídos por Dionisos!...”.
Esta última citación, de sabor órfico, parece ella misma la formulación de un enigma. Es de
anotar, en estos pasajes de Platón, la sugerencia hecha anteriormente, de considerar a Apolo
y a Dionisos como los dioses fundamentalmente afines, en lugar de ver en ellos una
contraposición de dos instintos estéticos y metafísicos, según la interpretación de
Nietzsche.
En otro pasaje Platón toca el aspecto malvado y trágico del enigma cuando, en la Apología
de Sócrates, compara la acusación lanzada por Mélito a Sócrates a un enigma, Mélito tiene
el aire de uno que me hubiera querido poner a prueba como proponiendo un enigma: ‘¿Se
dará cuenta Sócrates, el muy sabio, de que bromeo contradiciéndome a mi mismo, o lograré
engañarlo a él y a los oyentes además?’. Este me parece contradecirse a sí mismo en la
acusación, como si él dijera: ‘Sócrates es culpable de no creer a los dioses, pero de creer en
los dioses’. Y esto significa jugar”. En esta última formulación enigmática, en la que
Sócrates traduce la acusación de Mélito, es interesante anotar la forma contradictoria,
característica, como se ha dicho, de la fase madura, humana del enigma. La contradicción
sugiere, engañosamente un contenido, la solución del enigma, es decir la culpa de Sócrates.
El engaño le sale bien a Mélito, porque los jueces interpretarán así el enigma y condenarán
a Sócrates, en vez de descubrir que la contradicción no era más que una contradicción,
vacía de contenido, que era solamente Mélito que se contradecía a sí mismo. Quien cae en
la trampa del enigma está destinado a la ruina. Como enigma finalmente son quizá de
interpretar las últimas palabras de Sócrates, pronunciadas antes de morir, en el Fedón
platónico: “Somos deudores de un gallo a Asclepios: pagad el débito, no lo descuidéis”. Se
ha escrito mucho para interpretar estas palabras pero quizá más importante que el
descubrimiento de su significación escondida es la constatación que un contexto religioso y
solemne viene acompañado a menudo donde los griegos por la aparición de palabras
oscuras.
En el curso del cuarto siglo a.C. estas resonancias que advertía todavía el joven Platón se
apagan del todo. El enigma llega a usarse como juego de sociedad, durante los banquetes, o
también se emplea con los niños, en vista de un adiestramiento elemental del intelecto. Pero
Aristóteles todavía lo menciona en contextos serios, en la Retórica y en la Poética,
volviéndose a destacar su importancia en la tradición. Su definición se interesante, aunque
totalmente desarraigado de todo fondo religioso y sapiencial: “el concepto del enigma es
este: decir cosas reales uniendo cosas imposible”. Dado que para Aristóteles unir cosas
imposibles significa formular una contradicción que designa algo real, en vez de indicar
nada, como es la regla. Para que esto ocurra, añade Aristóteles, no se pueden unir los
nombres en su significado ordinario, sino que se requiere que intervenga la metáfora. El uso
de la metáfora sería por tanto ligado al origen de la sabiduría. Como se ve, el vaciamiento
del “pathos” originario del enigma es ahora, con Aristóteles, completo.
Es todavía útil indicar que la formulación contradictoria es característica del enigma.
Volvamos al periodo arcaico. Se ha dicho que con la entrada del enigma en la esfera
humana, al atenuarse se procedencia del dios, se va afirmando cada vez más una
formulación contradictoria de él. ¿Hay un nexo entre los dos fenómenos? Antes de
examinar este problema, cabe ver como se va configurando esta humanización del enigma,
la que coincide con el nacimiento de los sabios. Primero el dios inspira un veredicto
oracular, y el “profeta”, para decirlo con Platón, es un simple intérprete dela palabra
divina, pertenece aún totalmente a la esfera religiosa. Después, eldios por intermedio de la
Esfinge impone un enigma mortal, y el hombre individual debe desenredarla, so pena de
muerte. Finalmente dos adivinos luchan entre ellos por un enigma, Calcante y Mopsos: Ya
no está el dios, queda el fondo religioso, pero interviene un elemento nuevo, el agonismo,
que es aquí una lucha por la vida y por la muerte. Un paso más, cae el fondo religioso, y
llega en primer plano el agonismo, la lucha de dos hombres por el conocimiento: ya no son
adivinos, solo sabios o mejor combaten para conquistar el título de sabio.
*Traducción de Gilbert Mathieu, Facultad de Ciencias, Universidad del Valle, 1990

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